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LA POLARIZACIÓN DE LA IZQUIERDA Y EL EFECTO PEDRO CASTILLO…
Por Administrador
Publicado en 14/04/2026 12:55
POLÍTICA

Por: Marquinho Espichán

El Perú volvió a las urnas. Y como cada proceso electoral, no solo elegimos candidatos: también evidenciamos nuestras fracturas, nuestras esperanzas y nuestras contradicciones como país.

Lo ocurrido ayer no es un hecho aislado; es el reflejo de un escenario político que viene reconfigurándose desde hace algunos años, especialmente en el espectro de la izquierda.

En esta contienda, la izquierda no llegó unida. Por el contrario, se presentó fragmentada, dispersa en múltiples candidaturas: desde López Chao hasta Roberto Sánchez, pasando por otros actores que, si bien comparten una línea ideológica, no lograron consolidar una propuesta común. Esta división ha tenido un impacto directo: la debilitación del voto de izquierda, particularmente en el sur del país, históricamente su bastión electoral.

El sur, ese Perú profundo que durante años ha sido el corazón de las luchas sociales y políticas, hoy muestra signos de dispersión. La fragmentación no solo divide votos; divide discursos, liderazgos y, sobre todo, la capacidad de generar una alternativa sólida frente a otros sectores. Y es ahí donde se abre una posibilidad que, hace algunos años, parecía improbable: que dos candidaturas de derecha terminen disputando una segunda vuelta.

Pero dentro de este escenario, hay un elemento que no se puede ignorar: el llamado “efecto Pedro Castillo”.

A pesar de su destitución y de los cuestionamientos que marcaron su gobierno, Castillo sigue siendo un símbolo para un sector importante del país. No es solo una figura política; es la representación de una narrativa: la del maestro rural, la del hombre del campo que llegó al poder, la del Perú olvidado que, por un momento, se sintió representado.

Ese símbolo no ha desaparecido. Se ha transformado.

Hoy lo vemos reflejado en candidaturas como la de Roberto Sánchez, quien no solo representa al partido vinculado a integrantes del entorno de Castillo, sino que además ha replicado elementos simbólicos como el uso del sombrero. Este no es un detalle menor. En política, los símbolos comunican, conectan y movilizan. Y el sombrero, en este contexto, es más que una prenda: es identidad, es resistencia, es memoria colectiva.

Para muchos peruanos del interior del país, Castillo no es un expresidente cuestionado; es alguien que fue injustamente apartado del poder. Esa percepción, más allá de su veracidad o no, tiene un peso político real. Y ese peso se ha hecho sentir en las urnas.

Sin embargo, el efecto Castillo, aunque vigente, no ha sido suficiente para unificar a la izquierda. Ha servido para mantener viva una narrativa, pero no para construir una candidatura hegemónica. Y ahí radica el problema central: una izquierda con símbolos, pero sin articulación; con historia, pero sin estrategia común.

Lo ocurrido en estas elecciones deja una lección clara: la fragmentación debilita. Y en política, los vacíos no existen; siempre son ocupados por otros.

Hoy, el Perú enfrenta un escenario distinto, donde la dispersión de la izquierda podría redefinir el mapa político y abrir paso a una contienda final entre sectores que, hasta hace poco, no dominaban el escenario con tanta claridad.

La pregunta que queda es simple, pero profunda:

¿Será capaz la izquierda de reencontrarse, o seguirá siendo víctima de sus propias divisiones?

Porque en política, como en la vida, no basta con tener la razón; también hay que saber construir el camino para que esa razón se convierta en mayoría.

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