Recuerdo aquellos años de
infancia cuando asistíamos
a la Escuela Prevocacio-
nal Nº 459- hoy Institución
Educativa Nº 20147- en el
distrito de Imperial. Al sonar
la campana de salida, con
algunos compañeritos no
corríamos precisamente
hacia casa. Nuestro destino
era otro: la huaca que se le-
vantaba frente a la escuela.
Aquella huaca tenía en su
parte alta una pequeña
pampa que, para nosotros,
era el más grande de los es-
tadios. Allí improvisábamos
interminables partidos de
fútbol con los amigos “an-
dariegos”, esos muchachos
inquietos a quienes las ma-
dres de entonces llamaban
con cariño y preocupación
“los mataperros”, porque
podían pasar largas horas
lejos de casa, explorando el
mundo con la libertad que
solo concede la niñez.
En otras ocasiones subía-
mos hasta la cima para ha-
cer volar nuestras cometas,
que danzaban en el cielo
impulsadas por el viento
del valle. La huaca, con sus
enormes paredones de tie-
rra -tan firmes que parecían
una muralla antigua- des-
pertaba en nosotros la ima-
ginación y el asombro. Allí
vivíamos, sin saberlo, una
de las épocas más felices y
libres de nuestra vida.
Pero Imperial también
crecía. El distrito comen-
zaba a poblarse cada vez
más y las necesidades de la
gente se hacían evidentes.
La histórica “parada” de la
calle 28 de Julio se exten-
día por varias cuadras, con
vendedores ambulantes que
ofrecían sus productos cui-
dadosamente acomodados
sobre mantas en el suelo
de la calle. Era el reflejo de
un pueblo trabajador que
buscaba abrirse paso día
a día.
Entonces llegó aquel
acontecimiento que mar-
caría profundamente a
todo Cañete: el devastador
terremoto del 3 de octubre
de 1974. La tierra tembló
con furia y dejó a su paso
tristeza, miedo y muchas
heridas en la población. Sin
embargo, también despertó
la necesidad urgente de
reconstruir la vida y mirar
hacia adelante.
Una de las necesidades
más apremiantes era la
vivienda. Así, en la madru-
gada del 9 de octubre de
1974, muchos pobladores
de Imperial decidieron ocu-
par los terrenos de cultivo
de la Cooperativa Agraria de
Usuarios Cerro Alegre, una
chacra situada en el camino
hacia Alminares, cuyos
campos acababan de termi-
nar la cosecha de zapallos.
Aquella toma de tierras
dio origen al asentamiento
humano que fue bautizado
con el nombre de Consuelo
Gonzales de Velazco, luego
cambiado a “Asunción 8”
Por aquellos mismos años,
frente a la escuela donde
estudiábamos, quedaba to-
davía libre el espacio donde
se levantaba nuestra queri-
da huaca. Pero la necesidad
seguía creciendo. Fue así
como, al parecer un 8 de
marzo de 1980, un grupo de
pobladores decidió también
ocupar ese lugar y empezar
allí la construcción de sus
viviendas.
De esta manera, hombres
y mujeres -en su mayoría
obreros y campesinos- ini-
ciaron una nueva historia
hecha de esfuerzo, sacrificio
y esperanza. Aquella huaca
que había sido el campo de
juegos de los niños de las
décadas de 1950 y 1960
comenzó a transformarse,
poco a poco, en un barrio
lleno de vida.
Así nació el Asentamiento
Humano Cocharcas, al
que muchos recuerdan
con cariño como el “Cerrito
Cocharcas”.
Hoy, al celebrar 46 años
de historia, no queda sino
rendir homenaje a aquellos
primeros pobladores que,
con trabajo y perseveran-
cia, levantaron sus hogares
sobre la tierra que antes fue
cerro y campo de juegos de
niños. Gracias a ellos, hoy
existe un pueblo con identi-
dad, memoria y futuro.
Y cuando el tiempo pasa y
uno vuelve la mirada hacia
aquellos días lejanos, es
inevitable imaginar que, en
lo alto del cerro donde hoy
se levantan casas y calles,
todavía parece escucharse
el eco de las risas infantiles,
el golpe de una pelota de
trapo y el vuelo alegre de
una cometa perdida en el
cielo. Porque antes de ser
barrio, aquel lugar fue el
territorio libre de la niñez,
donde aprendimos a soñar.P